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La historia de Faustus

LA HISTORIA DE FAUSTUS

"Soñaba despierto en la orilla del mar, y una ola trajo a sus pies un pequeño cofre. Y habiéndose apresurado a abrirlo, encontró un fajo de papeles muy deteriorados por el agua salada. Historias de manuscritos descubiertos en un altillo, de paquetes de cartas recogidos en la calle, o de obras alemanas o árabes".
Con esos fragmentos construye Étienne Souriau el edificio de Tener un alma. Reproducimos aquí uno de ellos.

Una vez que estuvimos solos: “No quisiera, querido Maestro –dijo Faustus– que caiga en el error del abad N…, a quien acaba de escuchar. El abad N… es un hombre excelente, espiritual y bueno. ¡Y sabe tantas cosas! Pero no sabe mi secreto. No, no quisiera que usted crea que tiene que alabar mi resignación, cristiana o no…

Faustus sonríe, con una sonrisa un poco artificial, un poco deliberada, pero sin ironía. Se echa hacia atrás sobre los almohadones, alza sus manos y las mira en transparencia, del lado de la luz. Luego acomoda sus mantas.

Desde la terraza, su padre se inclina hacia nosotros: “¿No tienes frío tan cerca del agua?¿No quieres que haga que te lleven adentro? –No, papá, todavía no. En unos veinte minutos”.

La especie de certeza, de autoridad tranquila que hay en la voz me sorprende por un instante, como me sorprende, sobre el almohadón, el aire noble y un poco altivo que adquirió esa bella cabeza estilizada, por contraste con la fisonomía medio afeminada, medio agotada y como vagamente acorralada que tenía el Faustus de hace dos años, inteligencia tan rápida, y un poco inquietante…

“¡Mi resignación! –prosigue–. ¿Qué necesidad hay de que tenga resignación? Y sin embargo, es lo que no puedo decirles a todos. No solamente no me comprenderían, sino que estarían profundamente impactados, abrirían sus grandes ojos despectivos, y yo caería absolutamente en su estima. Mientras que, en la medida en que me creen resignado, ¡son tan gentiles conmigo!

A usted puedo decírselo. Pero es solo para usted, ¿de acuerdo? Si mi madre todavía estuviera, también le diría. ¡Pero no estoy seguro de que habría comprendido y habría podido ver hasta qué punto soy un privilegiado!

Mi pobre y querida mamá… Ella era tan agotadora como los demás, ¿sabe? Tan agotadora como mi hermana mayor, la que está casada, la que usted vio hace un rato. Y mi padre y mi hermano también son así. Son fuertes, todos, apasionados, activos, ¡y sobre todo puntuales! Se reparten las visitas, las felicitaciones y las condolencias, los desplazamientos rituales de temporada, las relaciones que hacer y que mantener, los conciertos que no hay que perderse, las conferencias. ‘Es absolutamente indispensable que yo –dice mi hermana, como decía otrora mi mamá– vaya al té-conferencia de la Sra. X…, la doctora. Pero tú, Georges, harías bien en ir a la casa de Fulano a enterarte de las noticias. Sabes que su sobrino se torció el tobillo patinando. Ah, y tú, Fofo, tienes suerte, la exposición Z… todavía está abierta…’.

Hace dos años todavía creía firmemente en todo eso. Haberme perdido la visita de Serge Lifar, Jules Romain o Maritain, me parecía muy grave, incluso irreparable. Pero el mismo impedimento que entristecía a Léone o Geroges, yo ya lo acogía con mucha resignación… cristiana o no. Léone se daba cuenta: ‘¡Fofo, cuando podemos quedarnos en la casa estás siempre contento!’ –esto dicho en un tono seco de censura–. Y luego, cuando llegó mi primera enfermedad, en el verano, en Aix, hace dos años, comencé a ver claro. Se disculpaban conmigo: ‘Comprende, Fofo, el pícnic con los Fulano está arreglado hace tres semanas. ¡No vamos a divertirnos mucho, pensando que estás solo en casa! Pero volveremos lo más pronto posible. Y te vamos a dejar bien instalado’. Me dejaban en el sofá del estudio, con libros, revistas, la ventana abierta hacia la montaña, jugos de fruta, la cubeta con hielo y almohadones. ¡Hasta luego!

¡Ah, qué bellas tardes! Fantasear, reflexionar, escribir un poco; leer un poco, hasta el momento sagrado en que una palabra del libro arrastra todo un mundo de pensamientos, de modo que uno ya se encuentra muy lejos sin haberse dado cuenta del instante de la partida… Fue ahí que comencé a comprender el sentido de la vida, creo. Pero todavía no era perfecto: tenía vagos remordimientos. Al pensar en los otros, allá en los caminos, estaba un poco… usted sabe, como el niño que se entretiene solo, un domingo de lluvia, mirando un bello libro de imágenes en el departamento habitado solamente por el ruido del reloj de péndulo: uno siente que asciende lentamente, lentamente, con angustia, la idea de los deberes sin hacer, de las lecciones sin aprender, para mañana lunes.

Pero bueno, ahora se acabó. Todos los lunes están muertos, como mis piernas. Entonces soy perfectamente feliz. Y este corazón, que flaquearía si palpitara demasiado fuerte, es mi liberación. Le doy un solo detalle, como ejemplo. Nunca pude rezar en un horario fijo, y a veces me asaltaba la necesidad de rezar en los momentos más absurdos, en sociedad, por ejemplo… Y bueno, ahora, con seis personas a mi alrededor, manteniendo una conversación mundana, tomo tranquilamente este rosario… ¿Cree usted que causa incomodidad, como sucedería con cualquier otro muchacho? Para nada. Las voces bajan. Se intercambian algunas miradas de aprobación y de respeto… Mi supuesta resignación, o lo que creen comprender de lo que llaman mi piedad –’afortunadamente, tiene su piedad… tiene su religión… ah, es admirable…’– es para ellos una tranquilidad, usted comprende. Me instalan ahí adentro como otrora en el salón con los libros. Y consideran que eso me mantiene ocupado, y que no caigo en lo que es para ellos el peor pecado y la peor desdicha: ‘estar sin hacer nada’. No ven que simplemente tengo el aplomo para seguir cínicamente todos mis impulsos, sin preocuparme por los demás… Su respeto es robado, por supuesto. Pero qué le vamos a hacer, es mi salvaguarda, es mi libertad. Otro ejemplo. Antes estaban la carrera, los estudios regulares, los exámenes que aprobar… me permite que hable mal de esto, ¿no?… toda la terraja para laminar el pensamiento, año tras año, en un orden preestablecido. Mis ideas, mis papeles escritos, eran trabajos de estudiantes de licenciatura, de estudiante de diplomatura… Desvalorizados de antemano por su lugar en un curriculum. Liberado del obstáculo del cursus honorum, he aquí que adquieren una especie de importancia propia, y a causa de mi situación, un poco misteriosa. Estos pequeños ensayos metafísicos, que usted tuvo a bien halagar, no difieren en nada de los ejercicios escritos que hacía. Ahora son cosas en sí… En suma, ve usted que adquirí el poder de imponer mi vida personal.

Oh, por supuesto que tuve malos momentos, al principio. Pero eran errores de apreciación. Muy rápidamente me di cuenta de que había ganado más de lo que había perdido. Un poco me parece que traté directamente con un Dios muy bueno, muy paternal y muy sabio, que intervino a tiempo. Me parece que me dijo más o menos esto: ‘Mi pobre niño, esas personas son demasiado fuertes para ti, demasiado apuradas, demasiado duras; su ritmo no es el tuyo. Romperán lo mejor que hay en ti. Así que voy a protegerte. Te doy una armadura’. Y me tocó ahí… y ahí… (Faustus señala su corazón y sus piernas). Y ahora –se lo repito con total sinceridad– soy feliz, perfectamente feliz. Y perfectamente libre. Libre; salvo por un poco de disciplina que imponerme. No demasiadas fantasías. Darle un valor en sí a mis pensamientos. Sin desenfreno… Y así todo, ¡tan feliz!… Tan feliz que a veces tengo miedo de que sea un sueño… Sí, tengo miedo de despertarme, curado y obligado a dejar mi alma en jirones, despedazada hora tras hora por esas futilidades abominables en la que ellos viven… ¡Y creen que viven!… Sobre todo considerando que yo tengo, a través del pensamiento, todo lo que ellos tienen. Y algunas otras cosas más. Entre ellas, la posesión de mí mismo.

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