Cactus es una comunidad de cuatro monjes consagrados a la traducción, la diagramación, la lectura de libros, y a la escritura de opúsculos. Los muros del monasterio comenzaron a apilarse en los primeros años del milenio a fuerza de remolinos, como edifican los vientos sin saber por qué un montoncito de hojas. Y sin quererlo, los ahora monjes se encontraron un día protegidos de los lazos mundanos de los prestigios, las jefaturas, las competencias, y de la invasión del ruido mental que hace la polis, que no deja pensar. Se encontraron en un espacio habitable. Los muros, claro, se resquebrajan y filtran desde el principio, no por viejos, sino porque finalmente siempre se está a la intemperie. Pero los monjes tienen paciencia. Y tienen otras cosas que hacer, pero no tienen nada mejor que hacer.
La bóveda del monasterio emula una constelación de obras y de autores que no andan recortando a las personitas y sus dimes y diretes, ni son dramaturgos en el teatro de las personificaciones. Sueltan fuerzas, dinamismos, procesos, que llenan un cosmos infrahumano. Pues un espacio habitable, antes que creadores de humanidad, necesita creadores de atmósfera.

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