Una “exposición vagabunda”

Una “exposición vagabunda”

UNA "EXPOSICIÓN VAGABUNDA"

Reseña bibliográfica de Cartas a un trabajador social, de Fernand Deligny, por Ana Laura García

Publicado originalmente en Lobo suelto – Anarquía coronada

 

Fernand Deligny (1913-1996), educador francés de niños que podrían ser catalogados como “niños-problema” (su recorrido abarca el trabajo con chicos delincuentes, inadaptados, discapacitados mentales, y posteriormente, con autistas profundos), escribió hacia 1984 un texto titulado Lettres à un travailleur social [Cartas a un trabajador social]. El escrito permaneció inédito hasta el año 2017, cuando editorial L’Arachnéen lo publicó en París y, en estos días, contamos con la noticia de su reciente publicación por Editorial Cactus, en Argentina (abril de 2021).

Las Cartas, constituyen con Acheminement vers l’image [En camino hacia la imagen] y Les Deux Mémoires [Las Dos Memorias] la trilogía Lointain-Prochain [Lejano-Próximo][1]. De alguna manera, existe en estos escritos una causa común: perseverar en la búsqueda de aquellos indicios que pueden permitir descubrir “lo humano”, más allá de la tiranía del lenguaje. Vale la pena precisar el lugar desde donde escribe Deligny, cuál es su “topos” singular o, mejor dicho, su “entre”. Lo cierto es que ese “entre” llevaba quince años de existencia y era el de una red de acogida de niños autistas, absolutamente privados de cualquier atisbo de comunicación verbal. Desde ese “ahí”, Deligny emprende el trabajo de enfrentar todo tipo de inercias, de “martillar palabras” y escudriñarlas laboriosamente a través de su pluma; y de capturar imágenes –mediante el cine y la cartografía- que hará pasar por la brecha de lo simbólico, para extraer un conocimiento más profundo de lo que puede ser “lo humano” más allá del lenguaje.

¿A quién le escribe Deligny estas Cartas y por qué lo hace? Es necesario comenzar realizando una aclaración al posible lector de estos territorios. El término “trabajador social” evocado en esas Cartas no debería entenderse de manera restringida como aludiendo únicamente a los profesionales titulados como tales. Deligny, por el contrario, se dirige a un público mucho más amplio, que en Francia se remonta a los “educadores especializados” y que nosotros podríamos interpretar como operadores sociales o como trabajadores de “lo social”. Acepción que seguramente incluiría a educadores, psicólogos, sociólogos, psicoanalistas, militantes y tantos otros trabajadores de oficio que intentan tramar tentativas comunes. Deligny le escribe a un trabajador social desconocido, como aquel que trabaja entre los restos [dans le détriment] (Deligny, 2017: 8), con los elementos desechados de la sociedad, convocándolo a pensar su tarea. No se trata de asumir el encargo de trabajar para la recuperación o reinserción de los llamados “sujetos-problema”, sino de inventar o recrear un medio, un espacio de vida (“entre”), que pueda abrir lugar a la distribución azarosa de acontecimientos nuevos.

Los lectores de Semilla de Crápula (1945/2017) que vieron desplegar en ese libro de aforismos, un juego de ironías y paradojas inscripto en la práctica del joven educador y, que encontraron en Lo Arácnido y otros textos (2008/2015), la escritura poética de un modo de vida en red, encontrarán en las Cartas a un trabajador social una invitación a ubicarse en primera fila como testigos privilegiados de vestigios o trazas de lo que Deligny llama “lo humano”. La tentativa de trabajo con niños autistas le permitió al propio Deligny posicionarse en esa primera línea, acercándose a la perspectiva del “punto de ver” de niños refractarios a lo simbólico. Ese perspectivismo disonante, lejos de ser un impedimento para el educador, fue posibilitador de un conocimiento esencial sobre las singularidades. Singularidades que existen, que resisten y que no pueden ser asimiladas a la imagen que el Hombre construyó para sí mismo: Sujeto absoluto, consciente de ser.

Posicionarse en la primera fila de una tentativa conlleva, ante todo, un cambio en la percepción de las cosas. Deligny comienza por rasgar el reflejo del espejo en el que el YO se proyecta, en el que EL Sujeto se mira y se reconoce a partir de lo simbólico que lo unifica como un TODO. A la imagen totalizante del Sujeto, Deligny contrapone una dialéctica compleja del contra-UNO, del contra-EL (Deligny, 2017: 31. Las mayúsculas son nuestras)[2], lo que también podríamos pensar como una ontología de las singularidades. Será por eso que Pierre Macherey en el postfacio del libro, vincula la escritura de las Cartas delignianas con lo que Spinoza llamó “ciencia intuitiva” o “tercer género de conocimiento” (En: Deligny, 2017: 160). Un conocimiento de este tipo no se presta a dar respuestas certeras ni acabadas, ni a brindar fórmulas listas para ser consumidas, tarea que Deligny siempre rechazó. Más bien se trata de un saber perforado, intersticial, que bordea el enigma sin llegar a descifrarlo. Una escritura fechada y situada en los problemas que le atañen, y al mismo tiempo, abierta y vigente para quien quiera ponerla a trabajar. Deligny no deja de convocar al lector de este tiempo a poner lo suyo y a seguir elaborando las trazas de esa escritura, que lleva las huellas de lo que escapa al signo.

Tratando de “poner el hombro para sostener al trabajador social, Deligny construye a lo largo de la obra diferentes puntos de apoyo en una constelación de lecturas de Lévi-Strauss, Leroir-Gourhan, La Boétie, von Frisch, Lorenz, entre otros. Se trata siempre de un gesto libre que toma algunos fragmentos que le permiten elaborar su pensamiento. En lugar de protegerse en una coraza de supuestos, practica una “exposición vagabunda” frente a hechos que desde el punto de vista de la cultura podrían ser heréticos e incluso inconvenientes para el orden social. Hechos que nuestra percepción tiende a eliminar, porque entran en conflicto con creencias conceptos, juicios, interpretaciones y significados aprendidos. Dejar de protegerse y dejar de ocultarse, parece ser el doble desafío que nos concierne si se trata de contrarrestar los efectos de saturación de lo simbólico. Pero entonces, ¿qué queda luego de semejante acto de desprendimiento? Si lo simbólico es el medio del Hombre, “queda por inventar lo que sería el medio de lo humano”, dice Deligny. Ese trabajo persiste, ya que se trata de una elaboración constante, delicada y artesanal, como el trabajo de un orfebre.

Lo que este texto nos devuelve es una mirada que interpela cualquier trabajo que se emprenda junto a otros y que, por eso mismo, nos remite a aquello que hace a lo común, a un trabajo social. Un libro dirigido a todos aquellos que llevan adelante los oficios hechos de presencias que se entretejen para abrir una fisura en los caminos sin salida o en los atolladeros en los que nos encontramos. Una mirada que parte de sostener una posición tenaz y al mismo tiempo, flexible y abierta. Flexible frente al devenir, a lo que pudiera o no acontecer. Abierta a lo inesperado, lo que muchas veces nos descoloca para volverlo un asunto percibido y pensable. Una apuesta ética y política que tiene como premisa fundamental una profunda valoración de las formas de vida.

 

 


[1] Las traducciones son propias.

[2] Seguimos las marcas que Deligny propone al utilizar mayúsculas para identificar su concepción del “Hombre que somos”, Sujeto absoluto, consciente de sí y soberano; y diferenciarlo así del individuo (de especie).

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